Tradicionalmente, el diagnóstico del trastorno del espectro del autismo (TEA) se basa en entrevistas clínicas y en la observación del comportamiento. A pesar de ser un proceso robusto, sigue dependiendo en gran medida de la interpretación profesional y de la información que aporta la persona y la familia. Por eso, en los últimos años, la investigación en neurociencia está poniendo el foco en la identificación de biomarcadores cerebrales que puedan complementar el diagnóstico y hacerlo más objetivo.
Uno de los biomarcadores más estudiados es la señal N170, registrada a través de electroencefalografía (EEG). Esta señal refleja cómo responde el cerebro ante la percepción de caras, un estímulo socialmente relevante. En muchas personas con TEA, este pico neuronal tiende a aparecer más lenta o menos definida, lo que sugiere diferencias en el procesamiento de la información social. La investigación en este ámbito también investiga otras medidas como patrones de activación cerebral, respuestas a estímulos visuales o auditivos, o conectividad entre áreas del cerebro, buscando patrones consistentes que ayuden a entender mejor los mecanismos implicados en el TEA.
Estos avances apoyan una aproximación más integrada, donde la neurociencia puede complementar el diagnóstico clínico tradicional, aportar mayor objetividad y reforzar la seguridad en la detección precoz. Además, conocer cómo responde el cerebro en situaciones sociales puede ayudar a profesionales y familias a comprender mejor ciertas dificultades o patrones de conducta, ya orientar intervenciones más ajustadas. Aunque la investigación es prometedora, actualmente ningún biomarcador es suficiente para realizar un diagnóstico por sí solo; pero sí se perfilan como valiosas herramientas para complementarlo, comprender mejor las diferencias individuales y diseñar intervenciones basadas en evidencia.
¿Qué implicaciones tiene?
El uso de biomarcadores cerebrales puede aportar mayor objetividad y seguridad al proceso diagnóstico, ya que permite incorporar medidas fisiológicas que complementan las observaciones clínicas. Además, estos indicadores pueden servir para valorar cambios después de una intervención, ayudando a detectar si existen mejoras en el procesamiento de la información social. Por último, esta investigación contribuye a entender mejor la relación entre cerebro y comportamiento, favoreciendo una mirada más profunda y científica sobre las diferencias sociales presentes en el TEA.
Evidencia clave
Dawson (2024) revisa cómo la neurociencia puede contribuir a realizar el diagnóstico de autismo más preciso mediante biomarcadores como la señal N170 del EEG, que refleja el procesamiento de caras. La autora destaca que estos indicadores pueden complementar la evaluación clínica y ayudar a monitorizar el impacto de las intervenciones en el funcionamiento cerebral.
Referencia:
Dawson, G. (2024). Applying Neuroscience to Autism Diagnosis and Treatment. Autism.org.
https://www.autism.org